Llegó un alumno nuevo a la primera clase. Entre 30 y 40 años.
Me contó que había tocado toda la vida, pero nunca había estudiado, todo lo aprendió con tutoriales de internet, tablaturas, a puro oído y paciencia.
Le pedí que tocara un poco.
Lindo sonido, buen tiempo.
Se notaban los años con el instrumento encima.
Le pregunté qué buscaba mejorar con las clases.
Me dijo: «Toco hace bastante, me encanta. Pero nunca estudié y no entiendo nada de lo que hago. Cada vez que quiero tocar algo nuevo, tardo muchísimo.
Me gusta mucho la música popular brasilera.
Mi sueño es algún día tocar ‘Wave’ de Jobim.»
Sacó la partitura. La tenía ahí, en la mochila, esperando ese día lejano.
Cinco hojas.
La miré. Era intimidante, la verdad.
Muchos acordes.
No le dije «empecemos ahora».
No hubo anuncio, ni discurso.
Agarré una hoja en blanco y me puse a reducir esas cinco hojas a una sola.
Intro, parte A, parte B.
Después, básicamente, repeticiones y alguna variación.
Le mostré que varios pasajes que parecían tener cuatro acordes distintos en realidad se resolvían moviendo un solo dedo.
La canción seguía siendo difícil.
Pero ahora tenía veinte acordes.
Antes parecían cien.
Tres clases más, y la teníamos completa.
Le dije, medio en broma: «bueno, ya está cumplido el objetivo.» Nos reímos.
Siguió viniendo un par de meses más. Después paró.
Muchos empezamos a estudiar guitarra con un sueño o un objetivo.
Yo empecé porque quería entender lo que hacía Petrucci en Dream Theater, y me di cuenta de que solo no podía.
Con el tiempo, una cosa lleva a la otra y el objetivo se transforma en otro, y en otro más.
Con la mayoría de mis alumnos pasa eso.
Con él no.
El objetivo estaba clarísimo al principio, y siguió clarísimo hasta el final.
Lo que más me quedó de esa historia es la distancia entre «algún día» y una hoja en blanco sobre la mesa.
A veces esa distancia no se mide en años.
Se mide en el momento en que alguien, sin anunciar nada, simplemente empieza.
Abrazo,
Matias
Estas ideas también las comparto por mail en “Notas sobre guitarra”.
