Hubo una época en la que estudiaba muchísimo.
Todos los días estaba con la guitarra.
Sentía que estaba avanzando.
Pero al mismo tiempo había algo que no estaba haciendo:
música.
Había dejado una banda con la que había tocado durante años.
Había dejado de componer.
Casi no tocaba con otros.
De a poco empecé a sentirme mal con la guitarra.
Y quizás alguna vez te pasó algo parecido:
tenés la guitarra en las manos, pero cuando llega el momento de tocar, no sabés muy bien qué querés decir.
A veces me sentaba y me quedaba mirando la guitarra, preguntándome:
“¿Qué quiero que salga de vos?”
No sabía qué quería tocar.
Entonces decidí empezar a trabajar en proyectos de otros.
Y ahí empezaron a aparecer las ideas.
Tocando con otros músicos, encontrando pequeños espacios para aportar mis propias ideas, empecé a recuperar mi propia voz con la guitarra.
Y también empecé a descubrir que todo aquello que había estudiado no había sido en vano.
Al contrario.
Me había dado herramientas para desenvolverme en situaciones muy diferentes, adaptarme a distintos músicos y estar preparado cuando aparecían oportunidades para tocar.
Pasaron unos tres años.
Y después de ese tiempo trabajando en proyectos ajenos, volví a componer canciones.
Mirando hacia atrás, creo que necesitaba volver a hacer música antes de volver a hacer música propia.
Y quizás esa sea una de las cosas más extrañas de aprender a tocar un instrumento:
a veces estudiamos para poder hacer música,
pero llega un momento en que tenemos que volver a hacer música para descubrir para qué nos sirvió todo lo que estudiamos.
Abrazo,
Matias
Estas ideas también las comparto por mail en “Notas sobre guitarra”.

